El nombre de bebé

Cuando Diana me contó que estaba embarazada ambas lloramos. Yo lloré de emoción, porque lo hablamos tanto, tantas veces, que me parecía una locura que finalmente estuviera pasando. Lloré porque sentí que en ese bebé había algo un poco mío. Mi amiga, que era como una hermana, estaba viviendo algo que ambas deseamos y eso, sólamente eso, se sentía muy bien. Ella lloró de verme llorar y también por el sense of accomplishment, I assume. Mi Diana desde su casa nueva en México; con el horario al revés del mío y yo, desde mi piso 12 en el corazón de Kuala Lumpur, nos unimos en un sólo llanto emocionado y dulce, como las niñas que éramos cuando nos conocimos. Diana y yo siempre fuimos muy parecidas. De jóvenes hicimos elecciones similares para nuestras vidas: Ambas aprendimos inglés, las dos estudiamos periodismo, ambas gastamos más tiempo del que debimos intentando arreglar relaciones inarreglables y algo en su falta de father role y mi sensación de horfandad, nos unió por mucho tiempo. Sin embargo, ahora, en mis 27 y sus 29 años, nuestras vidas no podían ser más opuestas. Nosotras, que siempre nos parecimos tanto en tantas cosas, habíamos construído destinos completamente diferentes. Y así, en las diferencias, ambas éramos muy felices. Cuando el embarazo empezó a cuajar y ella dejó de pensar que se le iba a salir la criatura en cualquier momento, iniciamos la búsqueda de nombre. Por meses a la barriga la llamamos "Bebé". En la semana 30, supimos que era niña y me dio un escalofrío lindo pensar que en algunos meses tendría yet another baby girl to visit somewhere in the world. Primero Jana en Alemania, luego Spela en California y ahora Diana en México. Mujeres por todos lados. Y eso sin contar mis dos sobrinas en Colombia. Vivir tan de cerca ese embarazo se sintió muy diferente a como que se sintieron todos los demás que I've witnessed in my life, and I've witnessed many. Sentí cada cosa como si fuera mía, en parte porque entendí cada palabra y cada sentimiento que Diana describió, quizá por conocerla desde hace tantos años. En medio de la búsqueda del nombre de Bebé, pasamos por varias etapas. Investigamos websites con cientos de nombres de muchas culturas y concluimos en que el elegido tenía qué cumplir varias características. Debía ser internacional, pero sonar lindo en Español; debía combinar bien con los apellidos y eso significaba que no podía ser muy largo o complicado porque "Arreola Fernández" eran long and complicated enough. Y, por último, tenía qué ser un nombre que otras niñas no tuvieran en Aguascalientes, donde Diana vivía entonces. Esa última exigencia fue más de ella que mía. Se quejó de que llamándose "Diana", había tenido qué encontrarse con su nombre en todas partes, desde colegios hasta rollos de papel higiénico and everything in between. No sé en qué momento o cómo ella llegó a eso, pero un día, volviendo al tema del nombre para Bebé, me dijo que le había preguntado a la niña en el vientre si le gustaba alguno de los nombres de la lista que habíamos hecho. "Leí cada nombre y le di tiempo para reaccionar. Me parece que si no se mueve es porque no le gusta". La lista original con cientos de nombres, quedó entonces reducida a unos cuantos. Después de mucho preguntarle a su barriga, Diana decidió que Bebé había elegido y se llamaría Olivia. Mi amiga quiso que su hija escogiera su propio nombre. Isn't that wonderful? A mí nunca se me hubiera ocurrido, pero de inmediato me enamoré de la idea y supe que el día que tuviera mi propia panza de embarazada, haría exactamente lo mismo. Me pareció que el episodio era un augurio de cómo sería la relación de mi Diana con su hija. Me la imaginé preguntándole cuál ropa le gustaba y cuál no, como hacía yo con Sage en mi época de niñera. Los niños saben bien qué quieren, siempre lo he dicho, aunque los adultos muchas veces pensemos que no. Pero qué lindo es pensar que lo sepan desde antes de nacer. Olivia se llama Olivia porque ella lo escogió. Olivia tomará sus propias decisiones siempre.